Retrospectiva Andres Gualdron y los Animales Blancos
Me gustaría empezar haciendo un poco de arqueología. Tengo entendido que ese primer disco de Andrés Gualdrón y los Animales Blancos, que salió hace 15 años, lo grabaste principalmente en tu habitación. Primero armaste las bases —por eso hay más elementos electrónicos que en tus trabajos siguientes— y luego se sumó una larga lista de músicos invitados que terminaron siendo "los animales blancos". ¿Qué recuerdas de esa metodología y de esa época?
Andrés Gualdrón: Me sorprende que hayan pasado 15 años; se siente como otra vida. Sobre el momento específico, fue un primer intento de producción discográfica bajo un optimismo creativo muy propio de la época. Era la década posterior a Napster, la era de los blogs musicales y de herramientas digitales que se volvían sofisticadas y accesibles. Yo utilizaba softwares como Reason, Ableton Live y VSTs que bajaba por torrents. Existía la idea de que se podía crear desde lo independiente.
En ese entonces se hablaba mucho del Bedroom Pop. Me influenció mucho un grupo llamado The Books, que hacía electrónica a partir de samples y arquitecturas de sonido minúsculas. Yo era consciente de que podía hacer un disco con buen sonido en mi cuarto. Fue una decisión importante salir con mi propio nombre; era un gesto de personalidad, de decir: "este es mi rostro y esta es la música que hago".
Aunque las canciones surgieron a guitarra y voz, con una estructura de cantautor, yo quería alejarme de la tradición rítmica y armónica del género. Asumí mis limitaciones como guitarrista y cantante —mi instrumento es la batería— y grabé las bases en el estudio casero de mi amigo Daniel Montoya. Sobre esas pistas de guitarra y voz construí todo lo demás: percusiones, ruidos y texturas. El resultado fue una estética ruidista: la voz y la guitarra al frente, pero con un mar de sonidos agitándose al fondo.
También quería preguntarte por el contexto colombiano de ese momento. Siento que tu música tenía vínculos —conscientes o no— con músicos como Julián Mayorga, Meridian Brothers o Los Pirañas. Proyectos que se nutrían de la tradición folclórica colombiana con una vuelta de tuerca experimental. ¿Cómo fue la recepción de esos sonidos en un circuito que quizás no estaba acostumbrado a ellos en ese entonces?
AG: El disco surge de un entusiasmo muy fuerte por la escena local. En 2010 yo era fan de grupos como Velandia y la Tigra. Lo que hacía Edson Velandia me marcó mucho: su forma de recitar, su sentido del humor y su connotación política. Escuchar referencias a una ciudad como Bucaramanga en música tan experimental me voló la cabeza; era una expresión auténtica que no aspiraba a ser nada más que eso.
También me marcó Meridian Brothers. Fui fan desde antes de su despegue internacional, cuando la gente en la academia decía que no entendía esa música o que era un chiste. Eblis Álvarez mezclaba una sofisticación electrónica tremenda con ritmos populares como la cumbia, que en ese entonces eran vistos de forma despectiva por ciertos sectores.
Respecto a la recepción: fue sorpresiva. Aunque no era comercial, el disco generó curiosidad inmediata. Prácticamente todas las revistas de música de la época hablaron de él. Me preocupaba sonar demasiado a mis influencias, pero creo que logramos un sonido singular. Eso nos abrió puertas: tocamos en Rock al Parque y viajamos por Argentina, Uruguay, México y Centroamérica. Entre 2011 y 2014 hubo mucha actividad, hasta que las prioridades de vida de los integrantes nos llevaron por caminos distintos.
Escuchándolo ahora junto con los dos trabajos siguientes (“Ciervo de dos cabezas” y “La Vaca”) si bien hubo cambios en la manera de componer y grabar, creo que este primer disco ya define varias de las variables del proyecto, una de esas es el espíritu colaborativo y los aportes de músicos invitados, algo que siento hizo que el proyecto fuera en cierto modo un multiforme (de hecho esa “cualidad” de ser un animal de varias cabezas/formas está presente en el arte de los siguientes trabajos, y en algunas letras), ¿esto se dio naturalmente o fue pensado?
AG: Es curioso lo que estás diciendo porque la cosa inició como Andrés Gualdrón y los Animales Blancos. El primer disco fue producido musicalmente por mí, con el input del ingeniero de sonido Milton Piñeros, quien le dio un color muy importante al resultado final. La cosa empezó como algo muy de cantautor, pero había algo en la música como expresión unipersonal que no me cerraba del todo. Me interesaba la cuestión colaborativa.
Con el tiempo el proyecto fue expandiéndose y pasó de ser una cosa personal a ser una banda en la que intervenían canciones de otros y donde todo era más colectivo en términos de los arreglos; eso ya se muestra en el segundo disco. También quería resaltar las cosas de la escena que me gustaban, entonces invitaba a personas que me estaban influyendo musicalmente y de las que yo me sentía deudor, pero en algún momento esa colectivización me saturó y decidí volver a un trabajo musical más unipersonal.
Ahí aparece Fátima, un disco al que le tengo mucho aprecio por el retrato del momento artístico que vivía. No lo saqué con Animales Blancos sino con otro proyecto llamado Magallanes, que es una cosa electrónica e instrumental. Me interesaba volver a lo instrumental porque me había sentido saturado con el hecho de cantar. Cantar requiere de una relación contigo mismo y con el cuerpo muy hermosa, pero también a veces abrumadora; decidí hacer un disco de música instrumental de nuevo muy personal.
Después de este proceso de volver la cosa un poco más grupal, terminé otra vez haciendo música desde un lugar más personal y me he mantenido ahi. Saqué un disco que ya no es Animales Blancos sino Animal Blanco, que es la concreción de algo que quería hacer desde hacía tiempo: un disco de guitarra y voz. Salió en 2021 y es como una especie de —no diría epílogo porque no lo quiero cerrar— vuelta al espíritu de hacer canciones del inicio, asumiendo esa posición absolutamente individual.
Es muy lindo porque ya que mencionas a Meridian Brothers. Cuando saqué el disco debut, Eblis escuchó el trabajo —no nos conocíamos— y me dijo: "Epa hermanito, este disco es muy bonito, esta música es muy especial, hagamos un concierto". Hicimos un concierto juntos y de ahí empezó una amistad que terminó en que yo grabara el disco de Animal Blanco en 2021 en su mítico estudio, Isaac Newton. Allí grabamos Pueblos Futuros. Fue una unión de intereses muy especial porque mucha gente no sabe que a Eblis le gusta mucho la música de cantautor; nos unía el gusto por el uruguayo Eduardo Mateo. Hablábamos de cómo reproducir ese sonido; no sé si lo logramos exactamente, pero en algún sentido sí. Es un disco con un sonido muy especial en términos de la captura de la guitarra y la voz; para mí fue increíble cantar mis canciones en ese contexto.
Las letras de ese primer disco también me resultan interesantes porque remiten a un universo bastante particular; por momentos hay muchas referencias a la naturaleza, hay cosas bastante apocalípticas, pero también juegan con el imaginario del día a día colombiano. ¿Qué buscabas en ese momento a la hora de componer y cantar, y cómo fueron surgiendo esas letras?
AG: Esto requiere de un ejercicio de memoria; pensando por ejemplo puntualmente en la canción que abre el disco, Fashion Week: hice una letra totalmente bajo la metodología del flujo de palabras, el stream of consciousness, como hacían los surrealistas y los dadaístas. Ya tenía la melodía, tenía los ritmos de los versos e hice una letra; me había grabado en un demo haciendo palabras medio azarosas sobre esos acordes y lo que hice fue escribir sin pensar mucho. En ese disco lo que estaba buscando en ese momento era eludir la razón o eludir la conciencia e intentar hablar desde un lugar más automático, intentando acceder a una especie de escritura inconsciente.
Cuando ya tenía ese texto con un montón de imágenes, palabras y conceptos bastante azarosos que a mí me sorprendían, lo que hice fue pulirlo un poco para que no tuviera ciertas reiteraciones, para que ciertas imágenes que consideraba impactantes tuvieran más peso o fueran más persuasivas. Era leer el flujo de conciencia y arreglar un poquito ese flujo para que creara una canción un poquito más coherente dentro de su incoherencia.
Muchas de esas imágenes de Fashion Week tienen que ver con que por esos años yo acababa de terminar de leer Los detectives salvajes de Roberto Bolaño y en esa canción aparecen muchas imágenes de ese libro. En esta búsqueda de lo azaroso yo hacía algo muchas veces que era darle clic a la página random de Wikipedia y me salían artículos de cualquier cosa; en algún momento me salió una sobre una masacre que hubo durante la guerra de Vietnam y Pieles Verdes, que creo que es el tercer track, tiene que ver con esa información que me llegó ahí medio al azar.
Tanto esa canción como La cirugía tienen imágenes muy gore, muy sangrientas. Me acuerdo que mi mamá escuchó el disco y me llamó preocupada llorando: "Pero Andrés, ¿qué es esto tan violento y tan sangriento? ¿Tú estás bien? ¿Qué te pasa?". Era un momento en el que yo me estaba intentando separar de una cierta retórica de los sentimientos, del amor y de la introspección que se asocia a lo cantautoril. Durante muchos años, más chiquito a los 19 o 20, hacía canciones muy sentimentales y en algún punto quizás me aburrí de eso. Quería hacer una cosa más enérgica, más fuerte, y estaba pensando en que las canciones no deben hablar solo de lo emocional o lo introspectivo, sino que también tienen que hacer referencia al cuerpo y a lo material. Muchas canciones hablan del cuerpo en este sentido sangriento, violento, pero recordando que hay una materialidad también en los tejidos, en la sangre, en la carne, y quería hacer canciones sobre eso.
La más grande influencia que hay en esa música y en todas mis músicas es Luis Alberto Spinetta; siempre he sido un fan declarado. él tiene un disco que se llama Tester de Violencia. Yo tenía unas fotocopias de un libro de él que se llama Crónicas e iluminaciones, que hizo Eduardo Berti, y ese librito para mí era muy sagrado. Leía lo que él decía sobre Tester de Violencia y eso me influenció; es un disco en el que él también está buscando lo corporal y lo físico para incluirlo en su música, y eso me interesando en ese momento.
En retrospectiva, ¿cómo ves el disco habiendo pasado 15 años desde que salió? Y también, ¿cómo sientes que cambió la música que haces hoy en día en comparación a ese momento? Después de que dejaste de hacer música con Animales Blancos, estás haciendo música con Magallanes, has tenido otros proyectos como Islas Atlánticas con Julián Mayorga, muchas colaboraciones... viéndolo desde la óptica del presente, ¿cómo el Andrés de hoy ve ese disco?
AG: Era una música que sí reconozco como muy singular y eso partió de una intención concreta. A mí me marcó mucho lo que hizo Velandia porque no era solo rock; rítmicamente él lo llamaba rasqa. Había llegado a una síntesis, a un juego rítmico que aparece constantemente en sus canciones, que me hizo sentir en aquel momento que él realmente tenía su propio ritmo, su propio estilo. Hoy en día me dedico a la musicología y a pensar la música desde un lugar más histórico y teórico, y claro, uno hace esa equivalencia entre patrones rítmicos con géneros o con estilos, y yo sentía que él había llegado a un patrón rítmico singular que le permitió pensar una especie de género propio. Yo pensé cómo hacer algo parecido; quiero encontrar mi terruñito y jugar con mis propios patrones rítmicos que tal vez terminen generando mi propio estilo, mi propio género.
Hoy en día no sé exactamente qué pienso de ese razonamiento, pero ese era mi razonamiento en la época y por eso esta música es singular. Definitivamente no es rock, no es tampoco música tradicional. Creo que estaba pensando mucho en la música minimalista en esa época, en Steve Reich, que fue un compositor que me influenció mucho. Estaba pensando mucho en música electrónica del tipo Autechre, del tipo Venetian Snares, que había unas cuestiones rítmicas que todavía me vuelan la cabeza. Desde esa música electrónica más experimental había algo allí que me estaba diciendo "busque un ritmo". Nunca le puse un nombre, pero hay unas recurrencias rítmicas muy singulares y me parece chévere haber hecho ese ejercicio; eso lo estoy retomando un poco en lo que estoy lanzando ahora con Magallanes, que es más abiertamente bailable quizás, pero no creo que sea reductible a un género particular o a una rítmica particular.
Siento que, como muchos primeros discos de otros artistas, es como una explosión de ideas; como cuando uno tiene una olla y está cocinando una cosa y el vapor la hace explotar. Había una intensidad muy fuerte en ese momento de exploraciones, de convencimiento de que la experimentación con la forma artística era algo trascendental; de que verdad era un aporte tratar de jugar con la música, hacer algo nuevo, abrir una nueva ruta. Era esa visión medio mesiánica que yo llegaba a tener en aquel momento. Dentro de ese mesianismo y de esa ingenuidad, se concreta un disco con una personalidad musical definida, y es muy lindo poder decir que el disco se materializó y generó cosas a su alrededor.