Reseñas: Oramorph (disco homónimo)
Hákim de Merv reseña el primer trabajo de la banda de La Serena, Chile, Oramorph. Nota publicada originalmente en el blog Apostillas Desde La Disidencia.
Me ha tocado reorientar las antenas por un momento -nunca mejor dichas esas tres últimas palabras- hacia la IV Región de Chile, gracias al dateo del experimentado músico Michel Leroy (Thanatoloop, Fiesta De Holobiontes). En Coquimbo, el hombre fuerte de Templo Sagital ha cofundado junto a Richi (Midriasis Paralítica, Desangrar) y a Sata (Gorgonizer, Monkief) el comando Oramorph. Inscrito en la ya venerable tradición ruidosa y apocalíptica del grindcore y derivados, el trío debuta tras dos años de trajín a fines de agosto del ‘25, mediante un registro epónimo que se distingue por entroncar insólitamente con otro género en principio poco o nada afín al extremismo grind -el sludge.
El extraño cruce atenúa justamente uno de los puntos fuertes de la batahola propiciada por gente como Discharge o Carcass: la (¿no?-)percusión. A medio camino entre el EP y el mini-álbum, este esfuerzo no siempre recurre al blast beat patentado por Napalm Death o Repulsion. Como ejemplo, la apertura “Sobreviviendo”, cuyos aullidos agudos y entonación gutural se adhieren sin remilgos al radicalismo vociferante del grind, pero cuyas baquetas obedecen el dictamen de los lentos riffs iterativos del sludge, una variante algo más ligera del doom metal. La impresión que reditúa equivale a visionar una versión gore en slow motion de las salvajadas inmisericordes del Punisher que interpreta Jon Bernthal.
El extraño cruce atenúa justamente uno de los puntos fuertes de la batahola propiciada por gente como Discharge o Carcass: la (¿no?-)percusión. A medio camino entre el EP y el mini-álbum, este esfuerzo no siempre recurre al blast beat patentado por Napalm Death o Repulsion. Como ejemplo, la apertura “Sobreviviendo”, cuyos aullidos agudos y entonación gutural se adhieren sin remilgos al radicalismo vociferante del grind, pero cuyas baquetas obedecen el dictamen de los lentos riffs iterativos del sludge, una variante algo más ligera del doom metal. La impresión que reditúa equivale a visionar una versión gore en slow motion de las salvajadas inmisericordes del Punisher que interpreta Jon Bernthal.
"A accesos de velocidad maníaca (Sata), siguen ritmos empantanados en tóxica suciedad y tensión opresiva, y viceversa. A agresivos embistes de unas guitarras saturadas de distorsión (Richi), suceden otros abrasivos que se arrastran intentando penetrar la densidad reinante, y en reversa."
Esa suerte de dicotomía florece en los poco más de veinte minutos que demora Oramorph, haciéndole oscilar a veces de una pista a otra, con mucha mayor frecuencia alentando y revirtiendo metamorfosis en un mismo surco. Sucede en “Genocidio Global”, en “Hospital De La Salvación”, en “Alfombra De Parásitos” -nótese en éstos y otros de sus pares la fidelidad a la costumbre arraigada en huestes grindcore de construir sintagmas utilizando vocablos asociados al habla médica-. A accesos de velocidad maníaca (Sata), siguen ritmos empantanados en tóxica suciedad y tensión opresiva, y viceversa. A agresivos embistes de unas guitarras saturadas de distorsión (Richi), suceden otros abrasivos que se arrastran intentando penetrar la densidad reinante, y en reversa.
El único desempeño más o menos uniforme es el que concierne a las voces. Michel, y en menor medida sus conmilitones, parece vomitar fárragos vocales más que cantar, sea en urraqueña clave grind, en desafiante clave hardcore punk (“Nada Cambiará”), en vesánica clave sludge (“Terminal De La Putrefacción”, “Respirando Sombras”). Airadamente emocionales, vejatoriamente purulentas, las voces de Leroy y compañía nunca cambian lo bastante como para subdividir su performance. Si bien podría añadir aquí como otra constante ese sonido crispado que parece consecuencia de frotar vidrio contra vidrio en algunos de los tracks, como prólogo o epílogo, éste es más una variable.
El único desempeño más o menos uniforme es el que concierne a las voces. Michel, y en menor medida sus conmilitones, parece vomitar fárragos vocales más que cantar, sea en urraqueña clave grind, en desafiante clave hardcore punk (“Nada Cambiará”), en vesánica clave sludge (“Terminal De La Putrefacción”, “Respirando Sombras”). Airadamente emocionales, vejatoriamente purulentas, las voces de Leroy y compañía nunca cambian lo bastante como para subdividir su performance. Si bien podría añadir aquí como otra constante ese sonido crispado que parece consecuencia de frotar vidrio contra vidrio en algunos de los tracks, como prólogo o epílogo, éste es más una variable.