Reseñas: Avenave (disco homónimo/Halim Music)
Hákim de Merv reseña el primer disco del conjunto chileno Avenave, editado en CD por Halim Music. Nota publicada originalmente en el blog Apostillas Desde La Disidencia.
Merced a los buenos oficios en labor difusora del compa Rafael Cheuquelaf (Lluvia Ácida, Eolo Producciones), supe de Avenave en noviembre pasado, cuando estuve de viaje por la hermosa ciudad de Punta Arenas. Acababa de editarse en físico vía Halim Music -la otra gran escudería independiente de la urbe magallánica- el homónimo estreno en largo de este dúo (Río Seco EP se lanza cuatro años antes, en marzo del ‘22), y un ejemplar ya estaba predestinado a llegar a mis manos, asegurándose por ende su ingreso a la Meloteca de Babel. Fue este último un trámite más difícil de resolver.
Muchas escuchas después, Avenave sigue siendo un enigma que no obsesiona, sino que seduce e invita al puro deleite mental/sensorial. “Japonave”, verbigracia, rompe fuegos empleando una secuencia pedal de notas electrónicas digna de la Berlin school, que tras medio minuto de solitario andar casará la irrupción de un brioso soporte rítmico. Sumándose una eléctrica que dibuja patrones cíclicos para luego emprender vuelo libre, ese matrimonio crea una atmósfera a caballo entre el post rock y el post pop: del primero toma prestada su vocación transgresora, sin renunciar a un diseño sonoro que el/la oyente sienta cercano, rasgo que recicla del segundo.
Muchas escuchas después, Avenave sigue siendo un enigma que no obsesiona, sino que seduce e invita al puro deleite mental/sensorial. “Japonave”, verbigracia, rompe fuegos empleando una secuencia pedal de notas electrónicas digna de la Berlin school, que tras medio minuto de solitario andar casará la irrupción de un brioso soporte rítmico. Sumándose una eléctrica que dibuja patrones cíclicos para luego emprender vuelo libre, ese matrimonio crea una atmósfera a caballo entre el post rock y el post pop: del primero toma prestada su vocación transgresora, sin renunciar a un diseño sonoro que el/la oyente sienta cercano, rasgo que recicla del segundo.
"Adictivo primer álbum de Avenave. Cierto, el volumen apenas excede los 31 minutos, pero su periplo lo repites incesante sin que la familiaridad te reporte cansancio alguno."
Evidente guiño al mítico guitarrista de Pink Floyd, la dupla que conforman “Gilmour I”-“Gilmour II” se mueve apisonando bases distintas. De hecho, el binomio es más un monomio partido en dos. Con una larga introducción en que sólo audicionamos cantos de aves, sordos ecos de distantes tormentas y una guitarra minimal (“Gilmour I”), esta última despega trasladándonos en un trip que juguetea con el canon del rock desértico sin incidir en sus lugares comunes -son éstos reemplazados por dulces tonalidades cannábicas. Y la subsiguiente “Disco Funji” vira bruscamente hacia parajes en los que el tándem se regocija recreando la plasticidad de Stereolab circa Dots And Loops (‘97), no su laboriosidad, mucho menos su sonido (más en consonancia con el que relajadamente jazzea Tortoise).
Baste lo expuesto hasta aquí para concluir que la mancuerna Avenave prefiere caminar en libertad, sorteando etiquetas bajo las que encajar y clichés con los que cumplir. Al margen de lo atinado/desatinado de las precisiones y/o apreciaciones estilísticas, Javiera Alarcón (ex Lilits) y René Gómez (Heropass, Diógenes) escogen manar antes que fluir, esculpiendo texturas de química voluble con que engalanar esos soundscapes de ensueño que atravesamos de su mano. Avenave abraza despreocupadamente la espacialidad. No le molesta pisar un poco el acelerador para zafarse del perfil ambiental del post rock en “Nighthawk”, evocando de paso la ductibilidad de los Gus Gus del inmenso Polydistortion (‘97). Se distiende en “Baño De Bosque” recreando desde coordenadas ácidas el feeling etno-prog de unos Jade Warrior o unos Embryo. Y se aúpa a un curioso híbrido de psicodelia old school y de dub para encarar la clausura de la jornada con la generosa “Almar”, que me sigue sonando todavía a los Dif Juz de una dimensión paralela.
Baste lo expuesto hasta aquí para concluir que la mancuerna Avenave prefiere caminar en libertad, sorteando etiquetas bajo las que encajar y clichés con los que cumplir. Al margen de lo atinado/desatinado de las precisiones y/o apreciaciones estilísticas, Javiera Alarcón (ex Lilits) y René Gómez (Heropass, Diógenes) escogen manar antes que fluir, esculpiendo texturas de química voluble con que engalanar esos soundscapes de ensueño que atravesamos de su mano. Avenave abraza despreocupadamente la espacialidad. No le molesta pisar un poco el acelerador para zafarse del perfil ambiental del post rock en “Nighthawk”, evocando de paso la ductibilidad de los Gus Gus del inmenso Polydistortion (‘97). Se distiende en “Baño De Bosque” recreando desde coordenadas ácidas el feeling etno-prog de unos Jade Warrior o unos Embryo. Y se aúpa a un curioso híbrido de psicodelia old school y de dub para encarar la clausura de la jornada con la generosa “Almar”, que me sigue sonando todavía a los Dif Juz de una dimensión paralela.
Adictivo primer álbum de Avenave. Cierto, el volumen apenas excede los 31 minutos, pero su periplo lo repites incesante sin que la familiaridad te reporte cansancio alguno. Provenientes de diversas latitudes y épocas, discos de menor minutaje pueden eventualmente impregnarte de tedio, de modo que méritos -meritazos- no le faltan a la sociedad formada por Alarcón (bongó, maracas, pandero, palo de agua, principalmente batería) y Gómez (Moog, mellotrón, sintetizadores, principalmente guitarras). Un esforzadísimo drum set polirrítmico que siempre se porta a la altura, y una guitarra volátil que apela a la mesura como el más señero de sus atributos.